Luz Casal. Nuestra Primera Dama

La obra de Luz Casal es ejemplar en lo estrictamente artístico, una trayectoria que abarca cuatro décadas de ejemplar evolución y aborda de manera brillante todo tipo de géneros. Pero también resulta edificante por lo que tiene de pionera –mujer rockera en la España de la Transición, incuestionable modelo para muchas que vinieron después a ambos lados del Atlántico– y por la libertad creativa que siempre la ha guiado. Ajena a caprichos de temporada, libre de los yugos en que suelen convertirse las modas, hace mucho tiempo que ocupa el espacio reservado a nuestros clásicos populares. Su eminente figura no solo conserva intacto el atractivo de lo auténtico, sino que desborda en múltiples direcciones gracias a su discreción, su sensatez y el profundo respeto que profesa hacia el oficio de cantar.

Se intuía que esta cita en Universal Music Festival –se agotaron las entradas, como no podía ser de otra forma– iba a ser muy especial, porque se trataba de la única oportunidad para revivir el concierto que protagonizó hace poco menos de un año en la compostelana plaza del Obradoiro junto a la Real Filharmonía de Galicia, aunque ahí queda el álbum en directo “Solo esta noche. 21/7/2021” como brillante testigo de aquella velada. Y huelga decir que la cantante de Boimorto volvió a ratificar su excepcional condición, con una actuación en la que volvió a desbordar como intérprete.

Tras una breve introducción instrumental cortesía de la Real Filharmonía de Galicia –dirigida por César Guerrero–, Luz tomó el centro del escenario haciendo honor a su nombre, irradiando magnetismo y carisma. Es una artista que no precisa de subrayados para conducir un espectáculo de esta envergadura. Sonriente y comunicativa, no tardó en explicar el origen de este encuentro en el Teatro Real, asegurando que no iban a repetir lo que ofrecieron en Santiago, sino que lo iban a mejorar. Y no mentía. El primer tramo del concierto, dominado por repertorio popular latinoamericano –con canciones como “Cenizas” o “Historia de un amor”– fue delicioso preludio de todo lo que estaba por venir y terminó con su particular recuerdo a la música tradicional gallega a través de “Camariñas”.

El temple escénico de nuestra protagonista –envidiable su buenísima forma física– le permite convertir en triunfo el desliz en su entrada a “Volver a comenzar” y arrancar risas cómplices del respetable, al que había advertido de que en el concierto compostelano se equivocó justo ahí. Su fraseo –ese dominio del tempo, de la intensidad y los silencios– multiplica la conmoción de la estremecedora “Lucas”. Y cuando llega el turno de hits imperecederos como “Entre mis recuerdos”, “No me importa nada”, “Te dejé marchar” o “Besaré el suelo” la conexión emocional con el público es tan potente –memorable el prolongado unísono de los asistentes en “Un nuevo día brillará”– que neutraliza cualquier distancia entre escenario y platea.

El bis fue breve pero igualmente intenso, con especial protagonismo para la alianza con Pedro Almodóvar en la película “Tacones lejanos” –cantó “Piensa en mí” y “Un año de amor” del tirón: nos quedamos sin aliento– más un cierre tan significativo como “Negra sombra”, con texto original de Rosalía de Castro acompañado por la orquesta en plenitud expresiva. ¿Apoteosis? Desde luego. Pero, sobre todo, sencillez y alegría.