Hay clásicos que necesitan ser contemplados desde la distancia. Y hay otros que, cuando alguien retira de ellos el polvo de los siglos, resultan inquietantemente cercanos. Las amistades peligrosas pertenece a esa segunda categoría. La obra de Christopher Hampton, basada en la célebre novela de Choderlos de Laclos publicada en 1782, regresa al escenario bajo la dirección de David Serrano con una idea tan sencilla como eficaz: eliminar todo aquello que pudiera permitir al espectador refugiarse cómodamente en el pasado. Planeta 28 ha podido descubrir esta fantástica obra.
Aquí no hay pelucas. No hay miriñaques. No hay salones palaciegos en los que observar desde una distancia tranquilizadora las perversidades de una aristocracia extinguida. La versión de Curro Novellas y David Serrano apuesta por una puesta en escena contemporánea, austera y prácticamente desnuda, con un reducido mobiliario, vestuario actual y los cambios de personaje realizados a la vista del público.
Y la decisión funciona porque obliga a mirar donde realmente importa: a los personajes.
Las amistades peligrosas podría contemplarse únicamente como una extraordinaria batalla de seducción. Pero hacerlo sería quedarse en la superficie. Debajo de sus conquistas, amantes, desafíos y traiciones se esconde algo mucho más perturbador: una historia sobre el poder.
Valmont y Merteuil no seducen únicamente porque desean. Seducen porque pueden.
Para ellos, las personas terminan convirtiéndose en piezas sobre un tablero. El amor es un instrumento. El sexo, una demostración de superioridad. La confianza, una debilidad que puede explotarse.
Y ahí es donde el texto de Hampton resulta incómodamente moderno.
El montaje pone el acento en cuestiones como el abuso de poder, el consentimiento, la capacidad del dinero para comprar voluntades y la manipulación de los sentimientos, asuntos que pertenecen al siglo XVIII tanto como al presente.
Serrano entiende perfectamente esa conexión y evita subrayarla de manera artificial. No necesita trasladar la acción explícitamente hasta nuestros días porque el comportamiento de los personajes hace el trabajo por sí solo.
La pregunta que termina flotando sobre el escenario resulta demoledora: ¿cuánto hemos cambiado realmente?

Uno de los mayores aciertos del montaje está precisamente en aquello que decide eliminar.
La escenografía de Ricardo Sánchez-Cuerda renuncia a reconstruir los espacios aristocráticos de la novela. El escenario se convierte en un territorio limpio, elegante, casi abstracto, donde son los actores quienes construyen los lugares y las relaciones.
Es una elección inteligente.
Porque en una historia en la que casi todo es apariencia, eliminar la decoración permite contemplar mejor el mecanismo interno de los personajes.
La escena deja de ser un salón para transformarse en un tablero de juego.
Una silla puede establecer una distancia.
Un movimiento puede convertirse en una provocación.
Una mirada puede resultar mucho más violenta que cualquier gesto físico.
La iluminación de Juan Gómez Cornejo, uno de los grandes nombres de la escena española, encuentra precisamente en esa desnudez un espacio privilegiado para trabajar. El montaje cuenta además con el vestuario de Elisa Sanz y la composición musical de Luis Miguel Cobo, configurando un equipo artístico de enorme experiencia.
Pero ninguno de esos elementos parece querer imponerse sobre la palabra.
Y esa contención termina siendo una virtud.
Porque Las amistades peligrosas es, sobre todo, teatro de actores.
Su principal munición no son los grandes efectos escénicos, sino las conversaciones. Palabras amables que esconden amenazas. Confesiones aparentemente sinceras detrás de las que se prepara una estrategia. Frases pronunciadas con una intención mientras el espectador comprende que significan exactamente la contraria.
En ese terreno se mueve un reparto de notable experiencia encabezado por Roberto Enríquez y Pilar Castro, acompañados por Carmen Balagué, Ángela Cremonte, Lucía Caraballo e Ivan Lapadula.
La elección resulta especialmente adecuada para una función que exige algo más difícil que la espectacularidad: escuchar al otro y reaccionar.
Aquí la tensión nace muchas veces del silencio posterior a una frase.
Del tiempo que alguien tarda en responder.
De una sonrisa que sabemos falsa.
De la sensación permanente de que, mientras dos personajes mantienen una conversación aparentemente inocente, uno de ellos ya ha empezado a preparar la caída del otro.
La puesta en escena dinámica planteada por Serrano —sin transiciones convencionales entre escenas y con transformaciones realizadas delante del espectador— contribuye además a que la representación avance sin perder tensión.
No hay apenas posibilidad de escapar del juego.
Una escena conduce inmediatamente a la siguiente y una manipulación comienza cuando todavía no hemos terminado de comprender las consecuencias de la anterior.
Ese es quizá uno de los aspectos más fascinantes de Las amistades peligrosas.
Sabemos que estamos ante personajes moralmente cuestionables.
Conocemos sus estrategias.
Vemos cómo utilizan a los demás.
Y, sin embargo, resulta difícil dejar de observarlos.
Hay inteligencia, humor, crueldad y una extraordinaria capacidad de seducción en sus enfrentamientos. Hampton consiguió algo muy complejo: lograr que el público disfrute contemplando unos mecanismos de comportamiento que, fuera del teatro, resultarían profundamente rechazables.
Durante buena parte de la función, el espectador puede incluso descubrirse sonriendo ante determinadas maniobras antes de darse cuenta de las consecuencias que tendrán.
Ahí aparece la verdadera perversidad de la obra.
También nosotros hemos entrado en el juego.
Y esa complicidad incómoda es una de las razones por las que el texto continúa funcionando más de dos siglos después de la publicación de la novela de Laclos.
Resultaría sencillo realizar una versión visualmente espectacular de Las amistades peligrosas: grandes vestidos, muebles, lámparas, palacios y toda la iconografía asociada al siglo XVIII.
David Serrano toma el camino contrario.
Y acierta.
Al retirar buena parte de esos elementos descubre algo fundamental: la verdadera modernidad estaba ya dentro del texto.
Las relaciones de poder.
La utilización del sexo.
La obsesión por poseer.
El prestigio social.
La destrucción de la reputación.
La manipulación emocional.
La diferencia entre quienes pueden permitirse jugar y quienes terminan pagando las consecuencias.
Todo eso continúa formando parte de nuestra sociedad.
Christopher Hampton explicaba precisamente que lo que le fascinaba de la historia era su vigencia y que la manipulación de los sentimientos y el uso del amor como arma resultaban tan actuales como en el siglo XVIII.
Este montaje parece construido alrededor de esa idea.
Por eso Las amistades peligrosas no se contempla como una reliquia literaria, sino como un espejo.
Uno elegante.
Divertido por momentos.
Terriblemente cruel en otros.
Pero un espejo al fin y al cabo.
Y cuando después de más de dos siglos una historia todavía consigue que reconozcamos en ella determinadas conductas de nuestro presente, quizá la explicación sea bastante sencilla:
las costumbres han cambiado mucho; las pasiones humanas, bastante menos.
Las amistades peligrosas se representará del 8 de septiembre al 18 de octubre de 2026 en el Teatro Marquina de Madrid (C. de Prim, 11, Centro, 28004 Madrid).
Entradas a la venta en https://www.grupomarquina.es/espectaculos/amistades-peligrosas-teatro-madrid, taquilla del teatro y puntos habituales.

