Un monólogo sobre las últimas horas de Ernest Hemingway, recordando sus crónicas periodísticas de la guerra del 36

La pasada temporada, el dramaturgo Mario Hernández trajo al Teatro del Barrio El pecado mortal de Madame Campoamor, un texto con el que ganó el premio Calamonte Joven en 2019 y se inspiraba en los últimos días de la mujer que conquistó el voto femenino en España. Los domingos de septiembre vuelve con Hemingway. Enviado especialun monólogo basado en las crónicas que realizó Ernest Hemingway sobre la guerra española de 1936 e interpretará José Fernández, que también fue protagonista del primer título mencionado y, junto con Mario, lidera la compañía Hernández & Fernández.

 

La obra, cuya versión en formato lectura dramatizada se estrenó en enero de 2022 y ahora se escenifica como montaje teatral, nos traslada también a los últimos días de quien fue Premio Nobel de Literatura: “Desde su habitación 109 del Hotel Florida, situado en la Plaza de Callao, Hemingway contó la guerra civil española mientras libraba una guerra contra sí mismo”, explica Mario Hernández.

 

Pocos episodios en la historia de la humanidad han suscitado tanto compromiso de intelectuales de todo el mundo como la guerra de 1936. Las motivaciones fueron muchas: combatir en las milicias o en las Brigadas Internacionales, trabajar en prensa, intervenir en el Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura de 1937… Gabriela Mistral, Virginia Woolf, Dorothy Parker, Bertolt Brecht, John Dos Passos, Graham Greene, André Malraux, Thomas Mann, Pablo Neruda, George Orwell, Antoine de St. Exupéry, Jean-Paul Sartre, Tristan Tzara o Simone Weil eran «voluntarios con gafas», como los apodó Mijail Koltsov. Y en esa nómina estaba también, por supuesto, Ernest Hemingway.

 

“Se dice que la guerra española fue la última guerra romántica. Es increíble que en el Hotel Florida de la Plaza de Callao pudieran reunirse todos esos nombres de artistas, intérpretes, autores y autoras. Fue la primera guerra con corresponsales mujeres. Era el centro del mundo. Todo esto se sabe, pero no lo valoramos de verdad, porque se nos ha contado muy mal la historia, encima con la dictadura de por medio. Ha interesado mucho más reducir a Hemingway a un borracho que venía a los San Fermines”, opina Hernández. Y añade que “hay un libro maravilloso, Hotel Florida, que cuenta cómo fueron aquellos años del 36 al 39. Cómo la Plaza de Callao era el centro del mundo, y a Hemingway lo describe de forma objetiva”.

 

Porque el autor fue “una figura muy polémica, y eso lo hace tan interesante. Es casi un personaje shakesperiano, porque tiene toda la tragedia del ser humano que es incapaz de asumir sus contradicciones. Tenerlo cubriendo nuestra guerra, que destilara aquí la gran literatura que escribió, es un lujo. Hay artículos, como El viejo del puente (que luego convirtió en cuento) que son auténtica literatura”, explica Hernández.

 

El escritor rondaba entonces los cuarenta años, y alimentaba una imagen algo caricaturesca de sí mismo. Se había codeado con Gertrude Stein, James Joyce y Ezra Pound en el París de los años veinte (lo contó en París era una fiesta), pero ahora se alejaba de los ambientes intelectuales. A Hemingway le ponían el riesgo, los deportes sanguinarios y el whisky. Y luchaba contra su propio mito literario, en un momento en el que estaba más cerca del periodismo: desde 1929, cuando publicó Adiós a las armas, no conseguía un pelotazo en librerías.

 

Antes de la contienda, España ya había resultado un imán para quien escribiría El viejo y el mar: Los encierros de Pamplona inspiraron Fiesta, escribió cuentos en pensiones madrileñas y exhibió su afición taurina en Muerte en la tarde. Así, al llegar España en 1937 como corresponsal de la agencia NANA, estaba ya muy empapado de la política de nuestro país.

 

Y ahora, estaba dispuesto a irse al frente. El historiador Hugh Thomas ha explicado que «desempeñó un papel activo en el bando republicano, excediendo los deberes de un simple corresponsal: por ejemplo, instruyó a jóvenes españoles en el manejo del fusil”. Hemingway se convirtió en testigo, miliciano y activista. Se ratificó en su postura antifascista, se espeluznó con las manipulaciones políticas -escribió que «cuanto más cerca se está del frente mejores son las personas»- y acentuó algunas de sus enemistades, como con los escritores Sinclair Lewis y John Dos Passos.

 

La guerra española le inspiró la obra de teatro La quinta columna, le permitió participar en el documental La tierra española – de Joris Ivens- y en ella basó la que sería, posiblemente, su mejor novela: Por quién doblan las campanas, que, en 1940, resultó decisiva para crear un clima internacional antifascista. Porque el legado de Hemigway no es solo el de una narrativa excepcional, también ha contribuido a la necesaria problematización de la Historia. “En nuestra obra hay extractos de todos esos títulos, pero sobre todo de sus crónicas, en las que trasladaba cómo vivió la guerra de primera mano”, explica Hernández. Así, “la obra se hace siempre a través de las palabras del autor, de su voz, llevadas a un ejercicio de autocrítica que solo puede hacerse en el amanecer del que va a ser el último día de tu vida.

 

Porque, como escribió Lionel Trilling, «la conciencia de haberse transformado en una leyenda debió de representar algo gratificante pero también una carga». Hemingway “fue un hombre hecho a sí mismo de una época muy concreta de Estados Unidos. Tiene un texto precioso sobre su idealismo, sobre cómo se sacrificó por la libertad de todas las personas. Sin embargo, tras pertenecer en los años 20 a la Generación Perdida, se convirtió en un hombre secuestrado por sí mismo, egocéntrico. Nunca tuvo el mismo éxito que había alcanzado antes, y por eso permaneció siempre perseguido por su propia sombra”. En estos últimos compases de su vida, “este hombre recordará cómo sucumbió a la leyenda. Cómo, en su querida España, Hemingway mató a Ernest”, analiza Hernández.