Hay una escena en Un Dios salvaje que resume perfectamente el espíritu de la función: dos parejas de clase media-alta, impecablemente vestidas, discuten con una corrección exquisita sobre un incidente entre sus hijos en un parque. De repente, una de ellas vomita literalmente sobre una mesa de centro llena de libros de arte. Y con ese vómito, desaparecen las máscaras.
La obra de Yasmina Reza, en esta versión de Jordi Galcerán que puede verse en el Teatro Alcázar hasta junio de 2026, es un artefacto teatral perfectamente engrasado. Dirigida con pulso firme por Tamzin Townsend, la función atrapa al espectador en un salón burgués que termina convertido en un campo de batalla donde los modales vuelan por los aires.

El punto de partida no puede ser más simple: dos parejas se reúnen para resolver civilizadamente una pelea infantil. Por un lado, los anfitriones: Verónica (Clara Sanchis) y Miguel (Juanan Lumbreras), intelectuales progresistas que han escrito un libro sobre la tolerancia. Por otro, los visitantes: Paulina (Natalia Millán) y Claudio (Luis Merlo), ella asesora de imagen, él abogado de una empresa farmacéutica.
Lo que empieza como un intercambio de frases hechas sobre educación y responsabilidad se va descarrilando minuto a minuto. Las alianzas cambian, las parejas se confrontan, los secretos salen a la luz. Y cuando menos te lo esperas, la señora que defiende el diálogo intercultural está llamando «cretino» a su invitado mientras este insulta sus pasteles.
El reparto elegido por Townsend funciona como un mecanismo de relojería donde cada pieza encaja con precisión milimétrica.
Su personaje transita del hieratismo intelectual al desquiciamiento con una naturalidad pasmosa. Su personaje, el más consciente de la corrección política, es también el que sufre la caída más estrepitosa cuando su mundo de valores se desmorona.
Sorprende como el marido aparentemente secundario que esconde un pragmatismo feroz bajo su apariencia bonachona. Su evolución, de comparsa a detonante de varios de los momentos más explosivos, es de las más logradas de la función.

Borda a Vero, esa mujer que llega con aires de superioridad estética y acaba revelando una vulnerabilidad inesperada. Su trabajo con el cuerpo y la voz —especialmente en los momentos de ebriedad— roza la perfección técnica.
Construye un personaje lleno de matices. Su personaje, el más terrenal y menos intelectualizado del cuarteto, es también el que termina teniendo las verdades más incómodas. Merlo domina como nadie los silencios y las miradas que dicen más que cualquier discurso.
La versión de Jordi Galcerán merece capítulo aparte. El autor de El método Grönholm conoce bien los mecanismos de la comedia y ha sabido trasladar el texto original de Reza con una naturalidad que hace olvidar que estamos ante una traducción. Las referencias funcionan, los ritmos son los nuestros, y las carcajadas surgen tanto de la situación como del lenguaje.
Porque Un Dios salvaje es, ante todo, una comedia. Una comedia negra, ácida, incómoda a ratos, pero comedia al fin. La sala ríe con ganas, aunque a veces la risa se atragante cuando reconocemos en esos personajes nuestros propios prejuicios, nuestras pequeñas hipocresías, esa necesidad de parecer mejores de lo que somos.
La dirección de Townsend apuesta por un ritmo endiablado que no da tregua. Los 90 minutos pasan como un suspiro, atrapado en esa espiral de violencia creciente que, paradójicamente, resulta catártica.
Ana Garay firma una escenografía funcional y elegante: ese salón de tonos neutros, con libros cuidadosamente colocados y una mesa que será testigo y víctima de todo tipo de agresiones. El espacio funciona como un ring de boxeo donde los personajes entran y salen, se acorralan, buscan esquinas donde refugiarse.
La iluminación de José Manuel Guerra subraya con sutileza los cambios de tono, mientras el diseño de sonido de Andrés Belmonte acompaña sin estridencias, dejando todo el protagonismo a las palabras.
El título lo dice todo: hay un dios salvaje que habita en cada uno de nosotros, ese impulso primario que la cultura, la educación y las buenas maneras intentan domeñar sin conseguirlo del todo. Basta una chispa —un móvil que suena en el momento inoportuno, una copa de más, una pulla malinterpretada— para que la bestia asome.
La obra de Reza funciona como un experimento sociológico en tiempo real. ¿Qué queda de nuestra civilización cuando quitamos las capas de corrección? ¿Somos realmente mejores, o simplemente más hábiles ocultando nuestras miserias?
Un Dios salvaje es una de esas funciones que reconcilian con el teatro: texto brillante, dirección inteligente, interpretaciones memorables. El público sale del Alcázar con la sonrisa cómplice de quien ha visto desnudarse a sus semejantes, y quizá, en el fondo, celebrar que no estamos solos en nuestra imperfección.
Si algo demuestra esta obra es que el ser humano es un animal fascinante: capaz de escribir tratados sobre tolerancia mientras insulta al vecino por una tontería. Y que el teatro, cuando es bueno, sigue siendo el mejor espejo donde mirarnos.
Lo mejor: El cuarteto protagonista, en estado de gracia colectiva. La precisión de los diálogos de Galcerán.
Lo peor: Quedarse con ganas de más, pero 90 minutos es lo que necesita la función para no desinflarse.
En una frase: Demolición por carcajadas de la hipocresía contemporánea.
Teatro: Alcázar (C/ de Alcalá, 20, Madrid)
Fechas: Hasta el 28 de junio de 2026
Horarios: Miércoles a viernes 20:00h; sábados 18:00h y 20:00h; domingos 18:00h
Duración: 90 minutos
Precio: Desde 16€ (con promociones disponibles)
Más información y entradas: gruposmedia.com

