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OPERACIÓN VIEJÓVEN ENTREVISTA A SEBASTÍAN GALLEGO

Operación viejóven

Entrevista a Sebastián Gallego, operación viejóven. Teatro Sofía

Hay una generación bisagra que aprendió a rebobinar cintas de VHS con un bolígrafo BIC antes de abrirse perfil en Tuenti; que creció merendando con las telenovelas de sobremesa y los grandes formatos de prime time, y que hoy intenta sobrevivir al algoritmo y a las plataformas de streaming sin perder la memoria pop. En ese territorio fronterizo entre Cine de barrio y Netflix habita Sebastián Gallego.

El comunicador, podcaster y colaborador da el salto al escenario teatral con Operación Viejoven, un show cargado de nostalgia, anécdotas y devoción absoluta por la pequeña pantalla. Charlamos con él sobre la televisión que nos marcó, la pérdida de los eventos compartidos, su pasión por Operación Triunfo y las señales inequívocas que delatan cuándo uno ha cruzado oficialmente la barrera de la juventud clásica.


1. Empecemos por el nombre: ¿cuándo se da cuenta uno oficialmente de que ha entrado en la categoría «viejoven»?

Yo creo que viejoven se nace, y yo nací viejoven. De pequeño ya veía Lluvia de estrellas, Amor real, Luz Clarita, Amarte es mi pecado… Creo que la telenovela te curte muchísimo en esto de ser viejoven. Y luego, pues qué sé yo: un paquetito de pipas, ver capítulos de CSI con apenas 10 años… Todo eso te va forjando el carácter.

2. Operación Viejoven es prácticamente una declaración de amor a la televisión con la que crecimos. ¿Qué programa te convirtió en el espectador y comunicador que eres hoy?

El programa por excelencia por el que siempre digo que hoy me dedico a esto —de una manera u otra, ya sea delante o detrás de las cámaras, como colaborador, presentador, creador o monologuista— es Operación Triunfo. Yo esperaba con auténtico fervor cada gala de los lunes. Me pilló con ocho años y me acuerdo absolutamente de todo. Mi padre me compraba cada semana el CD de la gala, que salía los martes justo después de la emisión, y aquello era todo un acontecimiento familiar en mi casa.

Más adelante tuve la oportunidad de participar en la primera edición de OT en Prime Video colaborando en el magacín diario, y para mí fue un sueño cumplido. He ido muchas veces a plató como público o como creador de contenido, así que poder vivir tan de cerca el formato de mi vida ha sido lo más.

«El teatro tiene algo de experiencia colectiva que a mí me parece mágico: sentarte al lado de alguien que no conoces, emocionarte, reírte y que se te pegue la carcajada del de enfrente».

3. Hablas de una generación que ha vivido entre lo analógico y lo digital. ¿Crees que tuvimos la suerte de disfrutar de lo mejor de los dos mundos o nos ha tocado sufrir las crisis de identidad de ambos?

A nuestra generación le ha tocado lidiar con todo tipo de crisis; no hemos tenido una estabilidad continuada de más de cuatro años. De la etapa analógica recuerdo salir de fiesta, que alguien llevase una cámara digital y al día siguiente subir 400 fotos a Tuenti para etiquetarte si te veías favorecido. A mí me encantan tanto el mundo analógico como el digital, y estoy convencido de que, en gran parte por eso, soy un viejoven.

4. El Diario de Patricia, Aquí hay tomate, Sorpresa, ¡sorpresa!, Operación Triunfo… Si solo pudieras rescatar uno de aquellos formatos para la televisión actual, ¿cuál elegirías?

Teniendo en cuenta que Operación Triunfo ha vuelto, que El diario de Patricia se ha reencarnado como El diario de Jorge y que el espíritu de Aquí hay tomate sigue vivo en varios magacines, yo rescataría Sorpresa, ¡sorpresa!. Es verdad que en sus regresos posteriores no funcionó igual —al igual que le ocurrió al Un, dos, tres—, principalmente porque antes se manejaban presupuestos mucho mayores y se hacía una televisión más artesanal. Pero creo que hoy en día, si se hiciera con un presupuesto potente (que es como realmente tiene sentido), sería fantástico volver a verlo.

5. ¿Hay algún momento televisivo de los 90 o los 2000 que hoy sería absolutamente imposible emitir?

Muchísimos. Hay situaciones y contenidos, por ejemplo de programas como Crónicas Marcianas —por citar solo un ejemplo—, que hoy resultarían impensables en antena. Con el tiempo, la televisión se ha ido volviendo más comedida y políticamente correcta, algo con lo que por otra parte estoy de acuerdo, pero es indudable que gran parte de lo que veíamos entonces hoy no pasaría el filtro de emisión.

Operación viejóven

6. Una de las diferencias de aquella televisión es que al día siguiente medio país hablaba del mismo programa. ¿Las plataformas y las redes nos han hecho perder esa televisión como experiencia colectiva?

Lo comento con frecuencia al hablar de Operación Viejoven: el teatro conserva esa condición de experiencia colectiva que me parece mágica. En un momento en el que el mundo parece irse a pique, donde impera el individualismo y cada vez compartimos menos vivencias comunes, ir al teatro o al cine, sentarte junto a desconocidos, emocionarte y contagiarte de la risa de quien tienes al lado es algo impagable.

Aun así, sigo siendo un firme defensor de la televisión en abierto. Creo que todavía conserva un poder que las plataformas no han alcanzado: la capacidad de reunir a dos millones y medio de personas a la misma hora frente a la pantalla todas las noches.

7. Operación Triunfo tiene un peso especial en el espectáculo. Si Sebastián Gallego se hubiese presentado a OT 1, ¿hasta qué gala habría llegado?

¡Me habría encantado participar en OT 1 más que nada en el mundo! El único inconveniente es que sería cantante de no ser por mi voz, algo que confieso abiertamente en el show. Pero soñando un poco, me habría encantado llegar al menos hasta la Gala 11 para poder presenciar el «Escondidos» de Chenoa y David Bisbal en directo y desde dentro. Aquello tuvo que ser irrepetible.

8. Has pasado de hablar sobre televisión y entrevistar a sus protagonistas a convertir todo ese universo en un espectáculo teatral. ¿Qué te permite contar el escenario que no puedes hacer delante de una cámara o un micrófono?

En televisión el tiempo es oro y manda el cronómetro. El escenario me regala la libertad de hablar durante 80 minutos de dos temas que me fascinan: la prensa del corazón y la televisión, analizando cómo han evolucionado a lo largo del último cuarto de siglo. Y, sobre todo, me brinda lo mejor que tiene el teatro: sentir la energía en directo, comprobar al instante las carcajadas y ver cómo conecta el público con lo que estás contando.

9. En el show dices que habitas ese extraño territorio entre Cine de barrio y Netflix, entre Popstars y Aitana. ¿Cuál es el síntoma definitivo que demuestra que uno ya vive permanentemente en territorio «viejoven»?

Te pongo un ejemplo real: hace muy poco estuve en el concierto de Aitana y, al descubrir que mi entrada era de grada sentada y no en pista, respiré aliviado pensando: «Lo voy a disfrutar el doble, porque en cuanto llegue la balada me puedo sentar». Ese pensamiento es puro síntoma viejoven. Eso, y recordar con nitidez el Cine de barrio presentado por José Manuel Parada.

10. Y si dentro de veinte años hicieras Operación Viejoven 2, ¿qué cosas de 2026 crees que provocarían la misma nostalgia que hoy nos producen un VHS o Aquí hay tomate?

¡Es dificilísimo predecirlo! Supongo que si los grandes formatos de telerrealidad como Supervivientes o Gran Hermano VIP dejasen de emitirse, generarían una tremenda nostalgia, porque es innegable que regalan momentazos irrepetibles. En cualquier caso, adivinar qué recordaremos dentro de dos décadas es misión casi imposible; para eso tendríamos que consultar a Rappel, a la Bruja Lola o a Aramís Fuster.

Teatro Planeta 28