Hay una generación bisagra que aprendió a rebobinar cintas de VHS con un bolígrafo BIC antes de abrirse perfil en Tuenti; que creció merendando con las telenovelas de sobremesa y los grandes formatos de prime time, y que hoy intenta sobrevivir al algoritmo y a las plataformas de streaming sin perder la memoria pop. En ese territorio fronterizo entre Cine de barrio y Netflix habita Sebastián Gallego.
El comunicador, podcaster y colaborador da el salto al escenario teatral con Operación Viejoven, un show cargado de nostalgia, anécdotas y devoción absoluta por la pequeña pantalla. Charlamos con él sobre la televisión que nos marcó, la pérdida de los eventos compartidos, su pasión por Operación Triunfo y las señales inequívocas que delatan cuándo uno ha cruzado oficialmente la barrera de la juventud clásica.
Yo creo que viejoven se nace, y yo nací viejoven. De pequeño ya veía Lluvia de estrellas, Amor real, Luz Clarita, Amarte es mi pecado… Creo que la telenovela te curte muchísimo en esto de ser viejoven. Y luego, pues qué sé yo: un paquetito de pipas, ver capítulos de CSI con apenas 10 años… Todo eso te va forjando el carácter.
El programa por excelencia por el que siempre digo que hoy me dedico a esto —de una manera u otra, ya sea delante o detrás de las cámaras, como colaborador, presentador, creador o monologuista— es Operación Triunfo. Yo esperaba con auténtico fervor cada gala de los lunes. Me pilló con ocho años y me acuerdo absolutamente de todo. Mi padre me compraba cada semana el CD de la gala, que salía los martes justo después de la emisión, y aquello era todo un acontecimiento familiar en mi casa.
Más adelante tuve la oportunidad de participar en la primera edición de OT en Prime Video colaborando en el magacín diario, y para mí fue un sueño cumplido. He ido muchas veces a plató como público o como creador de contenido, así que poder vivir tan de cerca el formato de mi vida ha sido lo más.
«El teatro tiene algo de experiencia colectiva que a mí me parece mágico: sentarte al lado de alguien que no conoces, emocionarte, reírte y que se te pegue la carcajada del de enfrente».
A nuestra generación le ha tocado lidiar con todo tipo de crisis; no hemos tenido una estabilidad continuada de más de cuatro años. De la etapa analógica recuerdo salir de fiesta, que alguien llevase una cámara digital y al día siguiente subir 400 fotos a Tuenti para etiquetarte si te veías favorecido. A mí me encantan tanto el mundo analógico como el digital, y estoy convencido de que, en gran parte por eso, soy un viejoven.
Teniendo en cuenta que Operación Triunfo ha vuelto, que El diario de Patricia se ha reencarnado como El diario de Jorge y que el espíritu de Aquí hay tomate sigue vivo en varios magacines, yo rescataría Sorpresa, ¡sorpresa!. Es verdad que en sus regresos posteriores no funcionó igual —al igual que le ocurrió al Un, dos, tres—, principalmente porque antes se manejaban presupuestos mucho mayores y se hacía una televisión más artesanal. Pero creo que hoy en día, si se hiciera con un presupuesto potente (que es como realmente tiene sentido), sería fantástico volver a verlo.
Muchísimos. Hay situaciones y contenidos, por ejemplo de programas como Crónicas Marcianas —por citar solo un ejemplo—, que hoy resultarían impensables en antena. Con el tiempo, la televisión se ha ido volviendo más comedida y políticamente correcta, algo con lo que por otra parte estoy de acuerdo, pero es indudable que gran parte de lo que veíamos entonces hoy no pasaría el filtro de emisión.

Lo comento con frecuencia al hablar de Operación Viejoven: el teatro conserva esa condición de experiencia colectiva que me parece mágica. En un momento en el que el mundo parece irse a pique, donde impera el individualismo y cada vez compartimos menos vivencias comunes, ir al teatro o al cine, sentarte junto a desconocidos, emocionarte y contagiarte de la risa de quien tienes al lado es algo impagable.
Aun así, sigo siendo un firme defensor de la televisión en abierto. Creo que todavía conserva un poder que las plataformas no han alcanzado: la capacidad de reunir a dos millones y medio de personas a la misma hora frente a la pantalla todas las noches.
¡Me habría encantado participar en OT 1 más que nada en el mundo! El único inconveniente es que sería cantante de no ser por mi voz, algo que confieso abiertamente en el show. Pero soñando un poco, me habría encantado llegar al menos hasta la Gala 11 para poder presenciar el «Escondidos» de Chenoa y David Bisbal en directo y desde dentro. Aquello tuvo que ser irrepetible.
En televisión el tiempo es oro y manda el cronómetro. El escenario me regala la libertad de hablar durante 80 minutos de dos temas que me fascinan: la prensa del corazón y la televisión, analizando cómo han evolucionado a lo largo del último cuarto de siglo. Y, sobre todo, me brinda lo mejor que tiene el teatro: sentir la energía en directo, comprobar al instante las carcajadas y ver cómo conecta el público con lo que estás contando.
Te pongo un ejemplo real: hace muy poco estuve en el concierto de Aitana y, al descubrir que mi entrada era de grada sentada y no en pista, respiré aliviado pensando: «Lo voy a disfrutar el doble, porque en cuanto llegue la balada me puedo sentar». Ese pensamiento es puro síntoma viejoven. Eso, y recordar con nitidez el Cine de barrio presentado por José Manuel Parada.
¡Es dificilísimo predecirlo! Supongo que si los grandes formatos de telerrealidad como Supervivientes o Gran Hermano VIP dejasen de emitirse, generarían una tremenda nostalgia, porque es innegable que regalan momentazos irrepetibles. En cualquier caso, adivinar qué recordaremos dentro de dos décadas es misión casi imposible; para eso tendríamos que consultar a Rappel, a la Bruja Lola o a Aramís Fuster.

